Cuando se discute si el biometano es una alternativa viable, conviene mirar a los países que dejaron atrás la teoría hace años. En Dinamarca, cerca del 40% del gas que circula por la red es biometano, y el plan nacional apunta a un sistema de gas totalmente verde en pocos años. No es solo un objetivo sobre el papel: es una industria funcionando. Irini Angelidaki, catedrática de la Universidad Técnica de Dinamarca (DTU) y una de las científicas más citadas del mundo en el campo de la digestión anaerobia, sitúa ese dato dentro de una transformación mayor: la digestión anaerobia ha dejado de ser una tecnología para estabilizar residuos y se ha convertido en una industria para fabricar recursos.
Lo explica en la conversación que grabamos con ella durante el IWA AD19, la cita mundial del sector celebrada en Valencia en junio de 2026.
El dato para el debate: 1.700 plantas y 900 en camino
Europa cuenta hoy con cerca de 1.700 plantas de biometano en funcionamiento, y alrededor de 900 más están en construcción o planificación para los próximos cinco años. Angelidaki lo describe como un cambio de ritmo: el sector avanza muy rápido, y lo hace en una dirección concreta. No se trata de usar el biogás para producir electricidad, como hace una década, sino de convertirlo en biometano e inyectarlo en la red de gas natural existente.
El matiz es importante. Producido en un punto, el biometano puede consumirse en cualquier otro a través de la infraestructura gasística existente: en una ciudad, en una industria, a cientos de kilómetros. No requiere construir una red nueva. Aprovecha la que hay.
Por qué el biometano y no la electricidad
Angelidaki plantea un argumento que reordena las prioridades del sector. Durante años, el biogás se destinó a producir electricidad y calor. Pero hoy la electricidad renovable se genera de forma abundante y barata con eólica y fotovoltaica, hasta el punto de que en muchos momentos hay sobrecapacidad. Destinar biomasa a producir una electricidad que se obtiene por otras vías tiene cada vez menos sentido.
El valor del biometano está justo donde las renovables eléctricas no llegan: en los usos que necesitan una molécula, no un electrón. Combustibles, biocombustibles de aviación, productos químicos de origen renovable y, sobre todo, gas inyectable en la red. A esto se suma una dimensión geopolítica que la propia Angelidaki señala: cada metro cúbico de biometano producido en Europa es un metro cúbico de gas natural que no hace falta importar. En un contexto de reducción de la dependencia del gas ruso, el biometano dejó de ser una cuestión meramente ambiental para convertirse en una cuestión de autonomía energética.
Almacenar sol y viento en forma de gas
Una de las líneas más avanzadas que investiga Angelidaki resuelve un problema clásico de las renovables: la electricidad solar y eólica se produce de forma intermitente, no siempre cuando se necesita. Su propuesta es usar los excedentes de esa electricidad para electrolizar agua y obtener hidrógeno, y combinar ese hidrógeno con el CO2 del biogás para producir más metano. El resultado es doble. Por un lado, se almacena indirectamente energía renovable que de otro modo se perdería. Por otro, se captura el CO2 en lugar de emitirlo: en vez de desecharlo, se transforma en metano aprovechable.
Dinamarca ha llevado esta tecnología, la biometanización biológica, a escala industrial en la planta de Glansager, una de las primeras del mundo que la aplica. En lugar de eliminar el CO2 del biogás con métodos físico-químicos, emplea hidrógeno y microorganismos para convertirlo en metano. Nada se descarta.
De estabilizar residuos a fabricar recursos
Para Angelidaki, esta es la transformación de fondo. En el pasado, las plantas de biogás se construían con un objetivo modesto: estabilizar purines y aguas residuales para reducir su impacto. Hoy el planteamiento es otro. Los residuos se tratan como materia prima, y el proceso se diseña para extraer de ellos el máximo número de productos de valor: biometano, biocombustibles, productos químicos renovables, nutrientes recuperados.
Ese giro también afecta al digestato. Donde hay exceso de fertilización, aplicarlo directamente puede provocar fugas de nutrientes al medio. La alternativa que investiga Angelidaki es extraer el nitrógeno y el fósforo en forma purificada y llevarlos a las zonas donde de verdad se necesitan, cerrando el ciclo de forma controlada en lugar de saturar el suelo local.
La escala importa: eficiencia y control de emisiones
Preguntada por el modelo de planta, Angelidaki es clara: las instalaciones grandes están mejor organizadas, tienen mayor control sobre las fugas y ofrecen mejor viabilidad económica. Y subraya un punto técnico que a veces se pasa por alto: es fundamental cubrir las unidades de posdigestión, porque aun pueden emitir metano. Aprovechar por completo la biomasa y los nutrientes, y evitar las fugas de metano, es lo que separa una planta bien operada de una que no lo está. La escala, gestionada por profesionales, facilita ese control.
Genia Bioenergy, en la misma frontera donde investiga Europa
Lo que Dinamarca ha probado a escala nacional no es un caso aislado: es la dirección hacia la que avanza toda una industria, y Genia Bioenergy trabaja dentro de esa conversación internacional. Presente en foros como el IWA AD19 y en diálogo con los centros de investigación que marcan el paso del sector en Europa, traslada ese conocimiento de frontera a proyectos concretos: los Centros de Bioenergía Circular, instalaciones que devuelven a cada territorio, en forma de energía y de recursos para el campo, lo que hasta ahora se descartaba. La misma tecnología que hoy define la vanguardia europea, aplicada aquí, con vocación de escalar más allá.
Ese modelo se ordena en torno a cinco compromisos con el territorio: el origen y la tipología de los residuos que entran, la gestión de olores, la planificación del tráfico, la protección del agua, el suelo y el aire, y la seguridad en la operación. Compromisos que se sostienen sobre datos, no sobre buenas intenciones. Puedes conocerlos en detalle en nuestra página de Compromisos.