La innovación en energía avanza en los foros donde la ciencia mundial pone en común lo que viene y se nutre del diálogo entre quienes investigan, quienes regulan y quienes llevan la tecnología al territorio. Genia Bioenergy participa en esas conversaciones, y por eso estuvo en el IWA AD19. Allí conversamos con Xavier Flotats, Profesor Emérito de la Universitat Politècnica de Catalunya y una de las mayores autoridades europeas en digestión anaerobia, con más de cuatro décadas dedicadas a esta tecnología. Su lectura del futuro va un paso más allá del debate habitual: el biometano no es un competidor de las renovables eléctricas, es la pieza que encaja donde ellas no llegan. Y su horizonte no termina en la energía.
Lo desarrolla en la entrevista completa que grabamos con él en Valencia.
El triángulo que sostiene la transición
Flotats propone dejar de pensar en las energías renovables como opciones que compiten entre sí y empezar a verlas como un sistema. En ese sistema hay un triángulo: electricidad, hidrógeno y biometano. Cada vértice resuelve lo que los otros no pueden.
La electricidad renovable es abundante y barata, pero difícil de almacenar y de transportar a larga distancia. El hidrógeno permite almacenar esa energía, pero necesita electricidad para producirse y es complejo de mover. Y aquí entra el biometano: transformar el hidrógeno y el CO2 en biometano permite usar la red de gas existente para llevar la energía desde donde se produce hasta donde se consume, a cientos de kilómetros, sin construir infraestructura nueva. Los tres no se estorban, se necesitan. Esa es la idea que, según Flotats, todavía no ha calado en el debate público.
Más allá de la energía: del residuo a la molécula
Aquí está la parte más rompedora de su visión, y la que mejor explica hacia dónde va el sector. Buena parte de lo que consume una economía moderna no es energía, es materia: plásticos, materiales, productos químicos. En España, según recuerda Flotats, entre el 8% y el 10% de la energía se destina a fabricar ese tipo de materiales, no a producir calor o movimiento. Y para fabricarlos hacen falta moléculas.
¿De dónde pueden salir esas moléculas sin recurrir al petróleo? De tres fuentes que la digestión anaerobia pone sobre la mesa: hidrógeno, CO2 y biometano. Esto cambia por completo lo que es una planta de digestión anaerobia. Deja de ser una instalación dedicada a tratar residuos y pasa a ser algo mucho más ambicioso: un punto donde lo que antes se llamaba residuo se convierte en materia prima para producir energía, productos químicos e incluso proteína. Flotats lo formula con una imagen potente: una instalación así puede llegar a comportarse como un atractor de nuevas industrias, un lugar alrededor del cual se instalan actividades que aprovechan esos recursos. El residuo como principio de una cadena de valor, no como final de línea.
El beneficio que nadie ve (porque es invisible)
Preguntado por la ventaja ambiental más ignorada, Flotats da una respuesta sofisticada: se ignora lo que no se ve. Los gases de efecto invernadero no se ven, y una planta de digestión anaerobia los reduce. Pero hay un segundo beneficio invisible todavía menos conocido. En el campo, la gestión no profesionalizada de los residuos orgánicos libera a la atmósfera miles de toneladas de nitrógeno en forma de amoníaco, un recurso valiosísimo que, sencillamente, se pierde en el aire.
Una instalación centralizada y gestionada por profesionales hace dos cosas a la vez: captura ese nitrógeno en lugar de dejar que se evapore, y permite una gestión profesional de la fertilización, devolviendo esos nutrientes al campo de forma controlada y medida. Lo que hoy se disipa sin control se convierte en fertilización planificada. Es un beneficio real que no se percibe precisamente porque lo que evita, esas emisiones difusas, tampoco se percibía.
El material manda: por qué cada residuo tiene su radio
Cuando se habla de dónde ubicar una planta, Flotats desmonta una idea muy extendida: la de que exista una distancia única y fija que sirva como referencia para todos los casos. No existe, y la razón es técnica. La distancia adecuada depende del material que entra. El tipo de residuos, los que pueden desprender olor, como los purines, se recogen en un radio corto, porque además se generan en el entorno inmediato de la planta y no tiene sentido transportarlos lejos. Los materiales estables, que no desprenden olor, pueden proceder de distancias considerablemente mayores sin inconveniente alguno. La consecuencia lógica de ese diseño es clara: el transporte se organiza de modo que no se convierta en una fuente de molestias.
Flotats ilustra la madurez de esta lógica con un caso que conoce de primera mano: una planta danesa que lleva más de cuarenta años funcionando a menos de cien metros de un pueblo, con una excelente relación de vecindad. La lección que extrae es la que ordena todo el debate: no es la distancia en abstracto lo que determina la buena convivencia, sino el diseño de la instalación, la tecnología que incorpora y el tipo de material que gestiona.
La escala como garantía: por qué la gestión profesional importa
Cuando se le plantea la disyuntiva entre plantas industriales centralizadas y pequeñas instalaciones dispersas, Flotats es claro en términos de costes, seguridad y eficiencia: la centralización industrial ofrece ventajas decisivas. La razón es de fondo. En una instalación de tamaño suficiente, todo el proceso está controlado en un espacio reducido y puede contar con un equipo de profesionales especializados dedicados a operarla con las máximas garantías. La gestión de un gas combustible, recuerda, exige especialización técnica.
No se trata de elegir un tamaño por capricho, sino de encontrar la medida adecuada. Flotats admira dos modelos opuestos que funcionan: el francés, basado en instalaciones de menor tamaño integradas en la actividad agraria, y el danés, con grandes plantas perfeccionadas a lo largo de cuarenta años de experiencia. Dos extremos que demuestran que no hay una única respuesta correcta, pero que en materia de seguridad y control, la profesionalización de la operación es innegociable.
Una tecnología con décadas de recorrido
A quienes todavía desconfían, Flotats les responde con datos, no solo con argumentos. La digestión anaerobia no es un invento reciente: en Europa funcionan más de 20.000 instalaciones, algunas operando desde hace más de cuarenta años. Francia pone en marcha alrededor de una planta y media por semana. Cuando un país despliega una tecnología a ese ritmo y durante ese tiempo, no lo hace por capricho: lo hace porque funciona, porque reduce gases de efecto invernadero, mejora el entorno y transforma residuos en recursos útiles. La experiencia acumulada, concluye, es la mejor respuesta al escepticismo.
Genia Bioenergy: energía de hoy, mirada puesta en mañana
La visión de Flotats describe un horizonte, y ese horizonte tiene un nombre en la práctica: los Centros de Bioenergía Circular de Genia Bioenergy. Instalaciones concebidas no como puntos finales donde termina un residuo, sino como infraestructuras que dan salida útil a los recursos orgánicos de una comarca y, al hacerlo, producen energía renovable y valor para el suelo. La misma lógica que la ciencia sitúa en la vanguardia del sector, aplicada hoy sobre el terreno y diseñada para evolucionar hacia todo lo que esta tecnología promete. Un trabajo que Genia desarrolla dentro de la conversación internacional que empuja el sector, no al margen de ella.
Ese modelo se ordena en torno a cinco compromisos con el territorio: el origen y la tipología de los residuos que entran, la gestión de olores, la planificación del tráfico, la protección del agua, el suelo y el aire, y la seguridad en la operación. Cada uno medible, con seguimiento y forma de rendir cuentas.
Puedes conocerlos en detalle en nuestra página de Compromisos.
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