Durante décadas, el tratamiento de residuos orgánicos se planteó como una elección: o se gestionaban bien con un objetivo de sostenibilidad y el coste que eso implica, o se buscaba rentabilidad y deshacerse de ellos. Lo ambiental por un lado, lo económico por otro. Raúl Muñoz, Catedrático del Instituto de Procesos Sostenibles de la Universidad de Valladolid, dedica su investigación a demostrar que esa disyuntiva es falsa. La biotecnología aplicada a la digestión anaerobia ha llegado a un punto en el que la opción más sostenible y la más rentable han dejado de ser opciones distintas. Recuperar los recursos que contiene un residuo cuesta menos que destruirlos, y además genera un producto que vale dinero.
Lo cuenta en esta entrevista, grabada en el IWA AD19, el encuentro mundial del sector celebrado en Valencia en junio de 2026.
Los residuos existen. La pregunta es qué hacemos con ellos
Antes de hablar de tecnología conviene ordenar el debate. Una planta de digestión anaerobia no genera los residuos que trata. Los purines de una comarca ganadera existen con planta o sin ella. Se producen cada día, se almacenan en balsas, se esparcen en el campo y emiten olores y gases de efecto invernadero de forma difusa e incontrolada. Ese es el punto de partida real.
La pregunta, por tanto, no es si queremos que existan esos residuos, sino qué hacemos con los que existen. Y ahí la digestión anaerobia ofrece una respuesta que el statu quo no tiene: concentrarlos en un único punto, bajo control, y extraer de ellos todo su valor. Reformulado así, el debate cambia de eje. No es planta frente a nada. Es gestión controlada frente a dispersión sin control.
Recuperar en lugar de destruir
El tratamiento convencional del digestato es caro y paradójico: las plantas gastan miles de euros al mes en destruir el nitrógeno que contiene, mediante sistemas de membranas o precipitando el fósforo, para que no genere problemas ambientales. Se invierte dinero en eliminar algo que tiene valor.
La biotecnología permite justo lo contrario: recuperar ese nitrógeno y ese fósforo y devolverlos al campo como bioestimulantes que mejoran la productividad de los cultivos. Y aquí hay un matiz que Muñoz subraya y que trasciende lo agronómico. El fósforo mineral es un recurso finito, concentrado en muy pocos países, que Europa importa casi en su totalidad. Recuperar el fósforo de un residuo local no es una cuestión únicamente de ahorro ni de ecología: es reducir la dependencia de un recurso estratégico. Cada tonelada de fósforo que vuelve al campo desde un digestato es una tonelada que no hay que importar.
Lo mismo ocurre con el CO2 del biogás. En lugar de liberarlo o descartarlo, las tecnologías de biorrefinería lo convierten en productos de química verde o en materiales que hoy se fabrican a partir de petróleo. El residuo deja de ser un final de línea para convertirse en un principio.
Lo que la ciencia sabe sobre olores: un dato que invierte el debate
Los olores son una de las preocupaciones más frecuentes en torno a las plantas de biometano, y Muñoz la aborda de frente y desde la evidencia centífica. La tecnología para controlarlos existe y está probada. Opera en dos frentes: prevenir la emisión con cubiertas herméticas y extracción a vacío, y tratar los gases generados antes de que salgan del perímetro con sistemas biológicos o físicoquímicos de bajo coste. Con una operación eficiente, fuera de la valla no queda huella odorífera detectable.
El argumento que de verdad cambia el marco llega después. Una planta bien diseñada no se limita a evitar olores: reduce los que ya había. Muñoz lo respalda con un estudio de Ambiente et Odora, consultora española especializada en olfatometría y gestión de olores, que midió la huella odorífera de una zona antes y después de instalar una planta de biogás y constató que los olores disminuyeron. La explicación conecta con el punto de partida del artículo: sin planta, los purines y las balsas emiten sin control olores y gases desde muchos focos a la vez. Al centralizar el tratamiento en un solo punto contenido, el olor total del territorio baja. La planta no es el foco del problema. Es lo que retira los focos que estaban dispersos.
Muñoz añade la condición que hace válido todo lo anterior: que la instalación se haya construido con los sistemas adecuados de contención, extracción y tratamiento, y que se operen de forma eficiente. La tecnología funciona cuando se aplica bien.
De la refinería de petróleo a la biorrefinería de biogás
Todo lo anterior responde a una misma lógica, la que ha guiado a la industria del petróleo durante un siglo: de una materia prima, muchos productos. Muñoz lleva años trasladándola al biogás. Una biorrefinería de digestión anaerobia no se diseña para obtener un único producto, sino para fraccionar el residuo y valorizar cada parte: el metano como energía o combustible, el CO2 como insumo químico, el digestato como nutrientes y bioestimulantes. La diferencia con la refinería fósil es de fondo: aquí la materia prima es un residuo, y el proceso, en lugar de agotar un recurso, lo devuelve al ciclo.
Microalgas en una granja de Soria: la prueba sobre el terreno
Que esto no es teoría de laboratorio lo demuestra un piloto que Muñoz describe con detalle. En una granja porcina de Soria instalaron un sistema de 1.500 metros cuadrados en el que las microalgas purifican el biogás alimentándose del propio CO2 y de los nutrientes de los purines. El sistema trataba los purines por digestión anaerobia, obtenía biometano de alta calidad y lo comprimía para alimentar los tractores de la explotación. El ganadero producía su propio combustible, en su propia granja, sin depender del precio del gasóleo. Y como subproducto obtenía biomasa de microalgas aprovechable como bioestimulante. La tecnología, señala, está cerca del salto a escala industrial.
Es la falsa disyuntiva resuelta en un caso concreto: el mismo sistema que trata un residuo produce energía, ahorra costes y genera un segundo producto con valor. Sostenible y rentable a la vez, sin elegir.
El horizonte: el digestato, de cuello de botella a palanca
Preguntado por la línea que más va a marcar el futuro inmediato del sector, Muñoz no duda: la valorización del digestato. Es hoy el principal cuello de botella y, por eso mismo, la mayor oportunidad. Lograr que sea seguro, trazable y aprovechable como enmienda o bioestimulante de alto valor es lo que desatascará el despliegue de la digestión anaerobia en los próximos años. Las microalgas son una de las vías más prometedoras para la fracción líquida, porque no se limitan a recuperar nutrientes: generan compuestos que estimulan el crecimiento de los cultivos.
Cerrar el círculo: así trabaja Genia Bioenergy sobre el territorio
El planteamiento que Muñoz investiga en el laboratorio, Genia Bioenergy lo lleva al terreno con una idea sencilla detrás: de un mismo residuo pueden salir muchos recursos, y el objetivo es que ninguno se pierda. Es el principio que da nombre y sentido a sus Centros de Bioenergía Circular, instalaciones que aprovechan cada fracción de los residuos de un territorio, sin desperdiciar nada: energía renovable, enmienda para el campo y nutrientes de vuelta al ciclo. No es una aspiración de futuro, sino tecnología aplicada hoy, desarrollada en contacto con la investigación que empuja el sector, como la que se dio cita en el IWA AD19. Un modelo pensado para crecer, en España y más allá.
Ese modelo se ordena en torno a cinco compromisos con el territorio: el origen y la tipología de los residuos que entran, la gestión de olores, la planificación del tráfico, la protección del agua, el suelo y el aire, y la seguridad en la operación. Verificables por quien vive al lado, que es quien tiene derecho a exigirlo.
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