Todas las energías renovables reducen emisiones. Pero hay una que, además, consigue gestionar de manera más sostenible un residuo que existe de todos modos, como los purines, los lodos o los restos agroindustriales, y devolver sus nutrientes al campo. Esa doble función, producir energía y cerrar un ciclo, es lo que distingue a la digestión anaerobia de otras energías renovables, y en lo que insiste Fernando G. Fermoso, Científico Titular del Instituto de la Grasa (CSIC) en Sevilla y responsable del grupo Bioprocesos aplicados a la Economía Circular.
Lo argumenta en esta entrevista, grabada durante el IWA AD19, el congreso mundial de digestión anaerobia que Valencia acogió el pasado junio.
Lo que el sol y el viento no pueden hacer
Fermoso arranca sin rodeos: la electricidad solar y eólica es más barata que la que se obtiene del biogás, y en ese terreno no tiene sentido competir con ellas. Pero ahí no termina la comparación, sino que empieza. Porque hay algo que la digestión anaerobia hace y esas tecnologías no: produce carbono verde y cierra un ciclo.
El sol y el viento generan energía y nada más. La digestión anaerobia parte de un residuo que existe de todos modos, lo trata, produce energía renovable en forma de biometano extrayendo el carbono y, además, devuelve al ciclo la materia orgánica en forma de nutrientes. No es una fuente de energía que compita con las demás: es una energía que contribuye a recuperar y valorizar desechos. Es gestión de residuos y producción energética a la vez. Esa doble función, subraya Fermoso, es lo que la diferencia incluso de otras tecnologías consideradas verdes, como la combustión de biomasa, que no incorporan esa circularidad.
Los residuos existen. La pregunta es qué hacemos con ellos
Hay un argumento que Fermoso formula con especial claridad, y que desmonta uno de los equívocos más frecuentes. Instalar una planta de digestión anaerobia no genera más residuos. Los residuos orgánicos de un territorio, los purines, los lodos, los restos agroindustriales, existen con planta o sin ella. Se producen cada día. Lo que debemos preguntarnos es qué se hace con ellos: gestionarlos de manera sostenible o dejarlos sin una salida ambientalmente favorable.
No tenemos tiempo, resume. La tecnología existe, los residuos también, y la digestión anaerobia es, en opinión de quienes trabajan en este campo, una de las mejores herramientas disponibles para darles solución. El debate, por tanto, no es si queremos residuos, pues ya están ahí, sino si queremos gestionarlos con criterio.
Una tecnología madura, no un experimento
Frente a la percepción de que la digestión anaerobia es una tecnología nueva y sin rodar, Fermoso aporta una perspectiva que reordena el marco. Las grandes depuradoras de aguas residuales de las principales ciudades españolas llevan décadas operando digestores anaerobios de gran tamaño junto a los núcleos urbanos. Sevilla y Valencia, entre otras grandes ciudades, conviven desde hace años con instalaciones de este tipo. No son años: son décadas de funcionamiento normalizado.
La tecnología para captar y aprovechar los gases del proceso está madura y disponible, y las propias empresas son las primeras interesadas en no perder ni una fracción del biometano que producen, porque ahí está su rendimiento. Eficiencia ambiental y eficiencia económica, en este punto, empujan en la misma dirección.
El digestato y la barrera de la certificación
Preguntado por qué frena el uso del digestato como fertilizante orgánico de valor en España, Fermoso es directo: es un problema de certificación. La normativa existe y permite valorizar el digestato, pero para alcanzar el estándar de un fertilizante orgánico certificado hay que aplicar los tratamientos adecuados, y eso tiene un coste. Quien invierte en ese tratamiento obtiene un producto con valor de mercado; quien no lo hace se queda con una enmienda de uso local y menor valor. La tecnología está; la clave es el modelo de negocio que decida asumir ese salto de calidad.
El biometano entra en la ecuación energética
Fermoso sitúa el biometano en su lugar justo dentro del mix: no como sustituto de todo, sino como una pieza necesaria y con un origen que lo hace singular. Mientras la eólica o el hidrógeno se producen únicamente para generar energía, la digestión anaerobia produce energía a partir de algo que había que gestionar de todos modos. Y recuerda un impulso regulatorio reciente: España ha establecido por primera vez una cuota mínima creciente de biometano en las ventas de gas natural, que irá del 0,5% en 2028 hasta el 6% en 2035. Es una señal de que las administraciones empiezan a fijar el marco para que el sector despegue.
De un problema, un recurso: el lugar de Genia Bioenergy en la conversación
Si la circularidad es lo que distingue a la digestión anaerobia del resto de renovables, es también lo que define a Genia Bioenergy. La compañía convierte ese principio en infraestructura a través de sus Centros de Bioenergía Circular: instalaciones que convierten los residuos orgánicos de una comarca en biometano, en enmienda orgánica y en nutrientes recuperados que vuelven al campo. Un trabajo que Genia Bioenergy no desarrolla en solitario, sino junto a universidades, centros de investigación y el tejido del territorio, como quedó patente en el congreso internacional IWA AD19.
Ese modelo se ordena en torno a cinco compromisos con el territorio: el origen y la tipología de los residuos que entran, la gestión de olores, la planificación del tráfico, la protección del agua, el suelo y el aire, y la seguridad en la operación. Compromisos que se demuestran, no que se anuncian.
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