La importancia de la materia orgánica en el suelo

La importancia de la materia orgánica en el suelo

La presencia de materia orgánica en el suelo va a incidir en la fertilidad del mismo, al permitir el crecimiento y desarrollo de cualquier vegetal.

Su origen natural viene de la descomposición de los restos de seres vivos que se depositan sobre el suelo, en un proceso en el que intervienen la temperatura, el agua y determinados organismos vivos (lombrices, insectos, microorganismos, etc).

Durante este proceso degradativo se forma de un complejo de macromoléculas en estado coloidal, constituido por proteínas, azúcares, ácidos orgánicos, minerales, etc, sobre el que continúa la degradación y síntesis.

De esta forma podemos encontrarnos con tres tipos de materia orgánica:

  • Materia orgánica fresca: Restos de plantas y desperdicios domésticos relativamente recientes, con un alto contenido de azúcares y un alto valor energético.
  • Materia orgánica parcialmente descompuesta, con un importante contenido orgánico y de nutrientes, haciendo de compost o fertilizante.
  • Materia orgánica descompuesta: No contiene demasiados nutrientes, pero favorece la absorción del agua en los suelos.

La presencia de esta materia orgánica en descomposición en los suelos es importante para el aporte de nutrientes que necesita la vegetación, pero, también, para mantener unas adecuadas propiedades físico-químicas del suelo (pH, permeabilidad, absorción, conservación y temperatura).

La materia orgánica contribuye a oscurecer el color del suelo y, con ello, a absorber las radiaciones y regular la temperatura. También ayuda a estabilizar la estructura y permeabilidad del suelo, aumenta su capacidad de retención de agua, reduce la erosión hídrica y eólica, y protege de la contaminación al absorber plaguicidas y otros contaminantes que podrían infiltrarse hacia aguas subterráneas.

Ahora bien, la presencia de materia orgánica en el suelo es escasa y no suele superar el 2% del peso seco. Un porcentaje que aún es menor cuando se trata de suelos explotados, con la consiguiente pérdida de fertilidad de los mismos.

Esto ha motivado la búsqueda de formas de aportar materia orgánica extra a los suelos. Estos aportes se vienen realizando mediante la incorporación de rastrojos, rotaciones de cultivo, aporte de abonos verdes, cubiertas vegetales, o bien la fabricación y aplicación de compost o fertilizantes orgánicos obtenidos a partir de residuos orgánicos de diferente origen.

 

Materia orgánica a partir de residuos orgánicos

El compost orgánico o abono orgánico es el que se obtiene tras someter a los residuos orgánicos a un proceso de fermentación aerobia (en presencia de oxígeno) conocido como compostaje.

Durante este proceso, los residuos orgánicos se degradan a materiales estables e higienizados, manteniendo unas condiciones de ventilación, húmedad y temperatura controlada.

Con este proceso, lo que se hace es imitar la transformación natural de la materia orgánica en condiciones controladas, lo que permite homogeneizar los materiales, reducir su masa y volumen, e higienizarlos.

En el compostaje intervienen diversos microrganismos (hongos y bacterias) que descomponen la materia orgánica en un periodo de tiempo que oscila entre 10 y 16 semanas de duración, dependiendo de factores como el sistema y tecnología empleada, la disponibilidad de espacio, etc.

Los residuos orgánicos empleados para obtener el compost deben cumplir una serie de criterios estrictos de la normativa europea UNE-EN 13432:2001 sobre compostabilidad industrial.

El uso como abono del compost obtenido también se encuentra regulado por el Real Decreto 999/2017, de 24 de noviembre, por el que se modifica el Real Decreto 506/2013, de 28 de junio, sobre productos fertilizantes, que tiene el objeto de fijar unas reglas básicas en materia de productos fertilizantes y procesos necesarios de coordinación con las comunidades autónomas.

Y para el control sanitario del compost, se deben seguir las directrices marcadas por los Reglamentos UE nº 1774/2002 y 208/2006, en los que se fijan las normas que deben aplicarse para evitar la propagación de patógenos durante el proceso de compostaje.

 

Fertilizantes orgánicos, aliados de la agricultura sostenible

Según la normativa española, un fertilizante orgánico es un producto que procede de materiales carbonatados de origen animal o vegetal y aporta nutrientes a las plantas.

Estos materiales de origen pueden ser residuos orgánicos que son transformados y estabilizados mediante un proceso de valorización o mediante el compostaje. 

A diferencia de los fertilizantes minerales, los nutrientes orgánicos que contienen los fertilizantes orgánicos deben descomponerse en el suelo, mediante la acción de microorganismos, en nutrientes minerales para poder ser asimilados por las plantas. Esto implica que su incorporación a los cultivos es paulatina y gradual, en comparación con los abonos minerales.

Pero el beneficio añadido de estos fertilizantes orgánicos es el aporte de materia orgánica al suelo, lo que facilita la recuperación de los mismos y mejora su fertilidad.

Este tipo de fertilizante permite minimizar los recursos utilizados en la fertilización, al reciclar los residuos orgánicos, sin impactar en el medio ambiente. Algo que está acorde con los principios de la agricultura sostenible.

Unos principios que implican la producción agrícola con el mínimo impacto ambiental y la mínima utilización de recursos como el agua, nutrientes, pesticidas, etc.

Además, en todos los Códigos de Buenas Prácticas Agrarias publicados por las diversas Comunidades Autónomas, así como en otros países, se recomienda el empleo de estos productos para incrementar la fertilidad del suelo y el rendimiento de los cultivos.

 

Valorización energética de la materia orgánica

La materia orgánica que contienen los residuos orgánicos puede ser sometida a un proceso de valorización energética que permite la obtención de energía y materia orgánica estabilizada (digestatos) que pueden emplearse como compost o fertilizantes orgánicos.

Este proceso de valorización energética consiste en someter a la materia orgánica a un proceso de digestión anaerobia (en ausencia de oxígeno) o biometanización, en el interior de unos reactores herméticos (digestores) y bajo condiciones controladas. De este proceso se obtiene el biogás como recurso energético, que puede emplearse para generación de electricidad, calor o como biocombustible, y los digestatos.

Estos digestatos son la materia sólida y líquida que queda tras el proceso de biometanización, rica en materia orgánica y mineral, que tras un adecuado control y tratamiento pueden emplearse como biofertilizante.

Esta forma de aprovechar los residuos orgánicos resulta una forma eficiente y rentable de gestión, permitiendo su reciclaje y reutilización mediante la obtención de energía limpia y renovable, además de materia orgánica de calidad para su uso como compost o fertilizante orgánico.

El aprovechamiento energético de los residuos y el uso de los digestatos como un valioso fertilizante orgánico está cada vez más presente en Europa, en su avance hacia una economía circular con una industria agrícola sostenible.

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